La IA no es inmaterial y quien controla su cuerpo decide su futuro

Solemos pensar en la IA como algo abstracto, como nubes intangibles de información y algoritmos. Pero la inteligencia artificial también tiene un cuerpo físico. Y, para el historiador Vijay Prashad, saber de qué está hecha y quién la controla nos ayuda a entender mucho mejor qué futuro podemos construir con ella.
Prashad ha sido uno de los ponentes de la edición 2026 de Beyond ‘El cuerpo y la IA’, un encuentro organizado por The Cocktail en Madrid en el marco del Festival de las Ideas. Como director del Tricontinental: Institute for Social Research, lleva décadas estudiando el colonialismo, el imperialismo y las relaciones económicas entre el Norte y el Sur Global. Y desde ahí se aproxima también a la inteligencia artificial; una herramienta que, según dice, puede perpetuar o incluso amplificar las desigualdades existentes o, por el contrario, ayudarnos a construir un mundo más justo para todos y todas.
“No dejan de repetirnos que el apocalipsis está cerca”, afirmaba el pasado viernes ante la audiencia del auditorio WPP, “pero la IA no es responsable de lo que va mal en el mundo; el mundo ya estaba enfermo de antes”.
Economía política de la IA
Para Prashad la inteligencia artificial no inaugura los problemas de desigualdad, concentración de poder y explotación de recursos naturales y humanos que le atribuimos, sino que se inserta en estructuras preexistentes. Por eso, propone huir de los discursos dicotómicos y aterrizar la IA en su dimensión más próxima al mundo físico. Hacerla tangible y convertirla así en algo que podemos asir, manipular y sobre lo que, por tanto, podemos tomar decisiones tanto individuales como colectivas.
El intelectual indio empezó su carrera como periodista: “Me enviaron a la guerra”, cuenta. Estuvo en Irak, estuvo en Siria, y esa experiencia le ayudó a darse cuenta de que “en esos conflictos bélicos subyacía la materialidad del capitalismo; la lucha por el petróleo, por los recursos”.
Más cerca en el tiempo, aunque con esa misma gorra, Prashad se propuso visitar las explotaciones del Salar de Atacama para escribir un reportaje sobre el litio, el recurso estratégico sobre el que se sustenta buena parte de nuestra presente —y sobre todo futura— sociedad digitalizada. No pudo hacerlo. Le resultó imposible conseguir permisos para visitar esa zona que hoy explota, entre otras empresas, SQM, compañía ligada durante décadas a Julio Ponce Lerou, ex yerno de Pinochet.
“Es terreno público, pero nadie tiene permitido entrar. Está protegido como un asunto de Estado”, advertía. Para Prashad, pueden cambiar las materias primas que necesitamos en cada momento y también la narrativa, pero persiste la lógica extractiva en la que el territorio y las comunidades locales soportan la carga del desarrollo y el progreso de un reducido grupo de grandes corporaciones y países.
“La IA tiene un cuerpo”, sentenciaba en su intervención. Lo componen los cables que permiten que llegue hasta nuestros ordenadores y móviles; los chips y procesadores de los servidores en los que los modelos se entrenan y ejecutan; los centros de datos que los alojan, así como el territorio que estos últimos ocupan, la electricidad que los alimenta y el agua utilizada para refrigerarlos. Y saber quién posee esas infraestructuras y recursos nos permite, a la vez, discernir quién tiene capacidad real para definir qué puede o no hacer esta tecnología, quién dispondrá de acceso a ella, bajo qué condiciones y quién recogerá los beneficios.
El reparto de la automatización
La IA ya está aportando ganancias de productividad en empresas de todo el mundo. La cuestión es en qué se traduce la posibilidad de hacer el mismo trabajo que hacíamos antes en mucho menos tiempo. Para el historiador indio, puede convertirse en descanso y mejores condiciones para quienes realizaban esas tareas, o traducirse exclusivamente en ganancias para los dueños de esa tecnología, ya sea porque permita producir y vender más con los mismos recursos o por el ahorro de costes asociado a prescindir de una parte de la plantilla.
Prashad ponía otro ejemplo: “Viví en Chile y vi las condiciones en que trabajaban y vivían las mujeres que se dedicaban al servicio doméstico. Estoy a favor de que un robot limpie mi casa, para que yo pueda tener más tiempo para leer una novela y que la persona que antes limpiaba pueda buscar un trabajo mejor y disfrutar también de más tiempo con familia y amigos”.
Vivir para trabajar o trabajar para vivir
Su discurso no es, por tanto, contrario a la automatización; es, más bien, una invitación a repensar nuestro propio modelo social y cultural: nuestras prioridades y principios, y la propia percepción de lo que consideramos valioso. “La mayoría de los trabajos son bullshit jobs. Estamos criando a nuestros hijos diciéndoles que lo más importante es salir a trabajar. Pero el propósito de la vida no es ese”, aseveraba. “La tecnología debería emanciparnos, pero nos está haciendo más esclavos”.
Vijay Prashad propone así ver el ocio, el descanso, la exploración y el descubrimiento, y la relación con otros no ya como algo anecdótico o accesorio, sino como dimensiones centrales de la vida humana y como vías de realización y emancipación: “El ocio te hace libre”.
De este modo, defendía, la pregunta que tenemos que hacernos es cómo se reparte esa oportunidad que nos brinda la IA: si perpetuamos un modelo extractivo y desigual en el que unos pocos actores —con buena parte de las capacidades tecnológicas concentradas hoy en EE.UU y China— marcan objetivos y términos de uso y concentran también las ganancias, o si creamos las condiciones para que el acceso a la tecnología y los beneficios que genera se distribuyan de forma mucho más amplia e igualitaria.
“El debate debería centrarse en nuestro futuro y no en el futuro de la IA”, proponía Prashad. Y para ello, un paso previo es dejar de pensar en la inteligencia artificial como una fuerza autónoma e inevitable que marcará por sí sola el curso de la historia y reivindicar nuestro derecho a decidir qué queremos ser de mayores.
Isabel R. Benítez
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