Los super usuarios de IA transformarán la utilización del smartphone en cuatro años

Hasta ahora, utilizar la inteligencia artificial en el teléfono móvil ha sido un intercambio de mensajes bastante rígido. Escribes una pregunta en una caja de texto, esperas unos segundos y lees lo que la pantalla te devuelve. Pero esta forma de interactuar tiene los días contados. La IA en el smartphone está dejando de ser una aplicación a la que entras a hacer una consulta puntual para convertirse en una capa invisible que trabajará en segundo plano sin que te des cuenta.
Un nuevo y masivo estudio global de Ericsson ConsumerLab, elaborado a partir de encuestas a más de 43.000 usuarios en 27 países, demuestra que el móvil seguirá siendo el rey de nuestro día a día digital, pero la manera en la que nos relacionamos con él va a dar un vuelco radical de aquí a 2030.
El cambio lo está arrastrando un perfil muy concreto de usuario, conocido como los ‘súper usuarios’ de IA. Hoy representan solo un 10% de quienes tienen un teléfono móvil, pero en unos años rozarán el 30% y concentrarán más del 80% de todo el uso de inteligencia artificial en movilidad.
Estos usuarios intensivos pasarán de utilizar la IA unas 3 horas al día a superar las 5 horas y media diarias. No se limitarán a buscar información, sino que se servirán de ella para crear contenidos, resumir documentos, traducir voz en directo o analizar fotos en tiempo real. Todo esto exige que los dispositivos suban una cantidad enorme de información a la nube a cada segundo.
El teclado, además, está teniendo cada vez menos peso. Mientras en Europa o EE.UU casi el 89% de la gente se limita a teclear texto para hablar con una IA, en regiones de Asia o Latinoamérica uno de cada cuatro usuarios ya le habla directamente, le muestra cosas con la cámara del móvil o le adjunta archivos. Para 2030, dos tercios de la población usará la IA en su smartphone a diario y la voz o la imagen serán la norma, según recoge el documento de la compañía sueca.
Con este nivel de uso, la paciencia brilla por su ausencia. Cuando un usuario le pide algo a la IA desde su teléfono, exige respuestas instantáneas. De hecho, la rapidez con la que responde la app es ya uno de los factores que más valora la gente para decidir si su conexión de fibra o 5G es buena o mala. Da igual que el retraso sea del servidor o de la cobertura, porque si la IA se traba, la culpa se la lleva la red del móvil, aseguran desde Ericsson.
Dando la bienvenida a la IA agéntica
El gran salto cualitativo vendrá cuando dejemos de pedirle cosas a la IA y empecemos a ordenarle que las haga por nosotros. Es lo que se conoce como ‘IA agéntica‘, consistente en asistentes capaces de tomar decisiones autónomas. Para 2030, casi un 40% de los usuarios dejará en manos de su smartphone tareas como comparar precios de billetes, cuadrar agendas o gestionar compras periódicas.
Como destacan los analistas de Ericsson ConsumerLab, la tecnología está pasando de ser una herramienta de consulta a un agente de ejecución: «La IA está dejando de ser un medio para interacciones ocasionales basadas en prompts para convertirse en un flujo continuo en tiempo real que redefinirá cómo buscamos, creamos y tomamos decisiones desde el teléfono».
El gran atractivo de esta delegación es ganar tiempo de calidad. Se calcula que dejar que la IA ejecute estas rutinas en segundo plano nos ahorrará cerca de una hora diaria de mirar fijamente la pantalla del teléfono. El móvil trabajará por su cuenta haciendo llamadas de datos invisibles mientras nosotros nos dedicamos a otra cosa.
Sin embargo, dejar que un programa tome decisiones en nuestro nombre genera ciertas dudas. Más de la mitad de los usuarios confiesa que le da miedo que un asistente falso o un virus suplante su identidad o haga compras no autorizadas desde su teléfono. Curiosamente, la mayoría confía más en su operadora de telefonía para verificar que esos asistentes son seguros que en los propios fabricantes del móvil o las grandes plataformas tecnológicas.
Mirando con otras gafas
Aunque el smartphone seguirá siendo la pantalla de referencia, el ecosistema de hardware comenzará a diversificarse hacia la vista y las manos libres. Alrededor de un tercio de los usuarios prevé empezar a consumir IA en un nuevo tipo de dispositivo de cara a 2030. Tras probar experimentos con pines o colgantes, las gafas inteligentes (smart glasses) se perfilan como el accesorio mejor posicionado, con previsiones de mercado que estiman superar los 35 millones de unidades distribuidas para final de la década.
La llegada de estas gafas no busca sustituir al móvil, sino alterar la forma en que capturamos el entorno. Alrededor del 60% de los usuarios que ya las utilizan afirma haber disparado su actividad en la grabación de vídeo, fotos, retransmisiones en directo y publicaciones en redes sociales. Esto provoca un consumo permanente de ancho de banda y satura el canal de subida (uplink), ya que el dispositivo necesita enviar imágenes en tiempo real a la nube para que la IA entienda qué estamos mirando.
Sin embargo, estos nuevos factores de forma se enfrentan a un cuello de botella físico determinante: la batería y la capacidad de cómputo local. Para evitar que las gafas se calienten o se apaguen en un par de horas, las operadoras y fabricantes deberán desplazar el procesamiento pesado hacia el edge computing (servidores en el borde de la red móvil). Aun así, el smartphone mantendrá su trono como el cerebro logístico imprescindible del usuario.
Como bien ilustra la experiencia de una usuaria estadounidense entrevistada para la investigación:
«El principal problema que me encuentro es la duración de la batería. No dura tanto como me gustaría cuando salgo de fiesta o a un evento, y al final hay momentos en los que simplemente tengo que cambiar y volver a confiar en el teléfono».
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