El AI Act no solo regula la inteligencia artificial, también nos obliga a entenderla mejor

| 31 julio, 2026 | 0 comentarios

El AI Act no solo regula la inteligencia artificial, también nos obliga a entenderla mejor

Cuando hablamos del AI Act, la primera ley integral sobre inteligencia artificial aprobada por la Unión Europea, la conversación suele centrarse en las prohibiciones, las multas o las obligaciones que introduce para empresas y desarrolladores. Es lógico: cualquier nueva regulación genera incertidumbre.

Sin embargo, hay un aspecto de esta norma que ha pasado mucho más desapercibido y que probablemente tendrá un impacto mucho mayor en los próximos años: Europa no solo quiere regular la inteligencia artificial, también quiere que aprendamos a utilizarla.

Durante los últimos dos años, la inteligencia artificial ha pasado de ser una tecnología reservada a perfiles muy especializados a convertirse en una herramienta cotidiana. Hoy redactamos textos, resumimos documentos, analizamos datos o generamos imágenes con sistemas de IA.

En muchas organizaciones su uso se ha extendido incluso sin una estrategia definida, impulsado por la iniciativa de los propios empleados. La adopción ha sido extraordinariamente rápida, pero el conocimiento no siempre ha evolucionado al mismo ritmo.

Ahí es donde el AI Act introduce un cambio de enfoque especialmente interesante, más allá de clasificar los sistemas según su nivel de riesgo o establecer obligaciones para determinados usos, el reglamento incorpora la necesidad de garantizar un nivel suficiente de alfabetización en inteligencia artificial entre las personas que desarrollan o utilizan estos sistemas. Es un concepto que puede parecer secundario, pero supone un cambio profundo: la regulación entiende que la responsabilidad no depende únicamente de la tecnología, sino también de quienes interactúan con ella.

Y tiene sentido. Utilizar una herramienta de inteligencia artificial no significa comprender cómo funciona. Tampoco implica conocer sus limitaciones, identificar cuándo puede equivocarse o saber qué información conviene compartir con ella. Del mismo modo que nadie consideraría que conducir un coche consiste únicamente en saber acelerar. Trabajar con IA exige desarrollar criterio para interpretar sus respuestas, cuestionarlas cuando sea necesario y entender en qué contextos resulta adecuada y en cuáles no.

Humanos en la oficina

Esta idea es especialmente relevante para las empresas. Muchas organizaciones ya han incorporado herramientas de inteligencia artificial para automatizar tareas, agilizar procesos o mejorar la productividad. Sin embargo, el verdadero reto ya no consiste en decidir si utilizar IA o no. Esa fase prácticamente ha quedado atrás. La cuestión es si las personas que la utilizan están preparadas para hacerlo de forma responsable y si la organización dispone de procedimientos para supervisar su uso.

La inteligencia artificial es capaz de generar respuestas convincentes incluso cuando contienen errores. Puede reproducir sesgos presentes en los datos con los que ha sido entrenada o elaborar contenidos que parecen correctos, pero no lo son. Precisamente por eso la supervisión humana deja de ser una recomendación para convertirse en un elemento imprescindible. Delegar tareas en la IA puede ahorrar tiempo; delegar el criterio es otra cuestión completamente distinta.

La entrada en vigor progresiva del AI Act también invita a cambiar la forma en la que entendemos la formación tecnológica. Durante años, aprender una nueva herramienta consistía en conocer sus funciones y dominar su interfaz. Con la inteligencia artificial ese planteamiento resulta insuficiente porque la tecnología evoluciona demasiado rápido. Las aplicaciones cambian, aparecen nuevos modelos y surgen capacidades que hace apenas unos meses parecían impensables.

Lo realmente útil no es memorizar el funcionamiento de una plataforma concreta, sino desarrollar la capacidad de adaptarse, formular buenas preguntas, interpretar resultados y comprender las implicaciones de utilizar estos sistemas.

En este sentido, la regulación europea lanza un mensaje que trasciende el cumplimiento normativo. La competitividad de las empresas ya no dependerá únicamente de tener acceso a la inteligencia artificial, porque ese acceso es cada vez más universal. La diferencia estará en la calidad con la que se utilice. Y esa calidad dependerá, sobre todo, del conocimiento y del criterio de las personas.

Probablemente, esa sea la aportación más relevante del AI Act. Más allá de establecer obligaciones legales, recuerda que ninguna tecnología es realmente útil si quienes la utilizan no entienden cómo funciona. Regular la inteligencia artificial era necesario. Aprender a convivir con ella será, probablemente, aún más importante.

El AI Act no solo regula la inteligencia artificial, también nos obliga a entenderla mejorPau García-Milà es emprendedor tecnológico, cofundador y co-CEO de Founderz, la escuela de negocios especializada en inteligencia artificial. Inició su trayectoria empresarial a los 17 años con una startup adquirida posteriormente por Telefónica y ha fundado varias compañías vinculadas a la innovación. Ha sido reconocido, entre otros, con el premio MIT TR35 al Innovador del Año y el Premio Fundación Princesa de Girona.

 

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