El sudor se convierte en electricidad para alimentar los sensores del futuro

| 4 noviembre, 2026 | 0 comentarios

El sudor se convierte en electricidad para alimentar los sensores del futuro

Para la mayoría de las personas es algo incómodo, molesto. El sudor, aunque resultado de un mecanismo completamente natural de nuestro cuerpo, mancha la ropa, huele e incluso nos expone si aparece en medio de una entrevista de trabajo o durante una primera cita. De hecho, existe toda una industria de desodorantes y antitranspirantes (un mercado mundial que supera los 26.000 millones de euros anuales, según Fortune Business Insights) dedicada a eliminarlo o minimizar sus consecuencias. Pero ¿y si eso que siempre hemos considerado un residuo de nuestro organismo pudiera convertirse también en una fuente de energía?

El Instituto Tecnológico de la Energía (ITE), centro tecnológico integrado en la Federación Nacional Fedit, ha desarrollado una biopila capaz de transformar el sudor corporal en electricidad para alimentar de forma autónoma dispositivos de bajo consumo, como los sensores que ya usamos para monitorizar en tiempo real parámetros clave de salud y rendimiento deportivo. Su solución acaba de ser validada en un entorno deportivo real con ciclistas, con resultados que, según relata a Applicantes Laura García Carmona, responsable de Biopilas y Biosensores de esta organización, han superado los obtenidos previamente en el laboratorio.

La ciencia detrás de las biopilas

Las biopilas funcionan de manera similar a una pila convencional, pero utilizan componentes biológicos, como las enzimas. Éstas actúan sobre moléculas presentes en fluidos biológicos, como el lactato del sudor, produciendo reacciones químicas en las que se liberan electrones que, al circular por el sistema, generan una pequeña corriente eléctrica.

La investigación en torno a esta tecnología cuenta con más de una década de respaldo científico. Ya en 2013, un equipo de la Universidad de California en San Diego, dirigido por Joseph Wang, demostró que era posible producir electricidad mediante biopilas enzimáticas adheridas a la piel como tatuajes temporales. Los dispositivos fueron probados en voluntarios mientras practicaban ejercicio físico. En 2014, el mismo grupo consiguió integrar estos generadores biológicos en cintas para la cabeza y muñequeras y alimentó un LED y un reloj digital con la energía obtenida del sudor. En esta misma línea han trabajado otros centros como la también estadounidense Universidad de Cornell y la de Ciencias de Tokio.

En España, el equipo del ITE comenzó a investigar en este campo en 2019, buscando la manera de fabricar bioelectrodos flexibles que pudieran aplicarse tanto en pilas biológicas como biosensores. En 2024, dentro del proyecto Energym Cell, lograron incorporar los componentes de una biopila en un soporte textil y presentaron un demostrador alimentado con sudor que consiguió encender una pantalla de bajo consumo.

Desde entonces, la investigación ha seguido avanzando hacia sistemas completos de monitorización. Su último proyecto, Self-Sens, desarrollado en colaboración con otro centro tecnológico, AITEX, ha combinado biopilas integradas en parches textiles con microelectrónica para monitorizar parámetros fisiológicos (como la actividad cardíaca o muscular) durante la práctica deportiva con mayor autonomía energética.

El deporte como campo de pruebas

El sudor se convierte en electricidad para alimentar los sensores del futuro

La biopila enzimática desarrollada en Paterna (Valencia) alcanza una tensión del orden de 170 mV (milivoltios), aproximadamente la novena parte del voltaje de una pila alcalina AA o AAA convencional. “Este valor puede aumentar en prototipos que conecten varias de ellas para alimentar de forma autónoma dispositivos de bajo consumo. Combinándolas con electrónica de muy bajo consumo y almacenamiento energético, estimamos que se podría mantener un sensor realizando mediciones durante unas 4-6 horas de actividad física”, explica García Carmona.

La monitorización continua y personalizada facilita tanto la optimización del rendimiento deportivo como la prevención de lesiones y el seguimiento de ciertas patologías. Sin embargo, a día de hoy cuenta con algunos hándicaps. En el deporte profesional, y especialmente en prácticas como el atletismo o el ciclismo, el tamaño, el peso y la rigidez de sensores y baterías pueden acabar disuadiendo de su uso. Además, algunos de estos dispositivos pueden requerir la aplicación de líquidos o geles conductores. La solución de ITE pretende superar esas tres limitaciones para mejorar la experiencia del usuario.

El sudor como fuente de energía plantea, a su vez, algunos desafíos. “La cantidad y composición de este fluido corporal varían entre personas e incluso en un mismo sujeto. El objetivo no es fabricar un dispositivo diferente para cada usuario, sino conseguir un sistema suficientemente robusto para funcionar dentro de esa variabilidad, controlando aspectos como la captación y distribución uniforme del sudor”, argumenta la bióloga y también doctora en Química Analítica.

Otra cuestión es qué ocurre cuando el deportista deja de sudar. El equipo del ITE ha diseñado el generador para que retenga el fluido durante un tiempo y pueda seguir generando electricidad en esas circunstancias. Además, el dispositivo podría combinarse con sistemas de almacenamiento que acumulen la energía producida y la suministren cuando el sensor la necesite.

De la salud a la industria, pasando por la agricultura

Ahora bien, los wearables deportivos no son el único uso potencial de las biopilas de sudor. En salud y bienestar, podrían suministrar energía a sensores que miden determinados biomarcadores, como algunas hormonas relacionadas con salud de la mujer. También se estudia su aplicación en situaciones de emergencia y entornos remotos, como zonas afectadas por guerras, catástrofes naturales o algún tipo de contaminación nuclear o biológica.

“Ahora mismo estamos trabajando en un proyecto que mide el lactato y el cortisol de la persona que utiliza el sensor en un riesgo NRBQ (nuclear, radiológico, biológico o químico). En este contexto, la biopila permite activar el sistema que alertará en tiempo real si la persona empieza a experimentar niveles demasiado altos de estrés y permitirá retirar al operario antes de que empeore o pueda sufrir daños graves para su salud”, asegura la investigadora.

García Carmona recalca el valor de la autonomía energética en esos contextos más difíciles: “Es verdad que las biopilas dan poquita energía, pero es la energía justa donde se necesita. Un combatiente en defensa, que encuentra un peligro, puede generar él mismo la suficiente energía para mandar una señal GPS o un mensaje de auxilio”.

El sudor se convierte en electricidad para alimentar los sensores del futuro

Asimismo, las biopilas desarrolladas en ITE pueden aplicarse en agricultura inteligente y monitorización ambiental o industrial, aunque cada nuevo uso requiere adaptar y validar los dispositivos según las moléculas disponibles y las condiciones de funcionamiento.

En el proyecto Watchplant, el equipo del centro tecnológico desarrolló un biosensor que detecta el estrés en plantas antes de que aparezcan síntomas visibles en la misma. El sistema analizaba la savia de herbáceas in situ —en 2027 se probará en frutos rojos— y de esa mismo fluido obtenía la energía para mantenerse en funcionamiento. Algo similar sucede con los biosensores para detectar microorganismos como Legionella o Salmonella de los proyectos Prisma-D y Protea para los que se han desarrollado pilas que aprovechan fluidos biológicos presentes en ese medio.

Los retos para dar el salto al mercado

Pese a los avances en este campo, para que estos generadores biológicos puedan utilizarse de forma habitual, los investigadores todavía tienen que resolver algunas cuestiones técnicas.

La primera tiene que ver con la durabilidad de este tipo de soluciones. “Cuando se descubrió toda esta tecnología, se hablaba de alimentar un marcapasos de manera infinita. Parece fácil si estás usando la glucosa de la sangre, pero esto ahora mismo no es realista”, recuerda la especialista en bioelectroquímica. “La tecnología de biosensores y biopilas lleva elementos biológicos y los elementos biológicos no son infinitos. Y, además, queramos o no, son sistemas muy vulnerables a factores externos y con una vida útil muy limitada”.

Por eso mismo, al tiempo que sigue investigando para hacer más duraderos estos dispositivos, el equipo de ITE apuesta por desarrollar tecnologías de bajo coste y que puedan desecharse fácilmente cuando dejen de funcionar.

Su llegada al mercado dependerá también del interés de las empresas por incorporar estas soluciones. García Carmona reconoce que los primeros sectores en adoptarlas serán probablemente aquellos en los que exista un mayor retorno económico, como el deporte de élite o los cultivos de alto valor. De ahí que reivindique un mayor apoyo a los proyectos en sus fases más tempranas, cuando todavía están lejos de convertirse en productos comerciales y tienen mayores dificultades para atraer inversión privada.

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